Sígueme hacia las cimas, allá, sube más, aligérate,
destrábate, sacude la pesadez que te adhiere a la
sangre. Sube más. Deshazte del fuego sombrío que te
hunde a su fondo, que te embauca con sus pétalos y que tú
nombras veleidosamente entre luz y obscuridad, entre
comienzo y fin. Te enseñaré a perforar los
reflejos y las sombras, a sostenerte sobre la cúpula
eterna del azul. Y allí virándote hacia el vasto mar de
de lo bello, contemplándolo, engendrarás discursos
sublimes, inspirados por un amor sin límites de la
sabiduría, alcanzarás el único conocimiento, el conocimiento
de la belleza.
Es así que te arrastras en la penumbra de los barrios
peligrosos. Tu palabra es un agua sorda a los destellos
inciertos, tu alma, nodriza obscura de este conjunto
inestable de lasitudes y de fulguraciones, de
perfumes ligeros y de esencias podridas. Y tu mano
tiembla por haber tocado la hondura y lo pleno, esta pluma
de ala en una piedra ––


Lorand Gaspar, fragmento del poema «Pierre» en Égée (1980).
Serie completa publicada en Revista Transtierros.
Original aquí.
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